Comienzo a leer Agosto y me atrapa de inmediato en las diez primeras líneas: "La muerte se consumó en una descarga de gozo y alivio, expeliendo residuos excrementicios y glandulares -esperma, saliva, orina, heces-. Se apartó asqueado del cuerpo sin vida sobre la cama al sentir su propio cuerpo contaminado por las inmundicias expulsadas de la carne agónica del otro".
Y supe que esta novela valdría sus horas de lectura, así que me enfrasqué en ella toda la semana, entre exámenes, notas, reuniones y sandeces que me devolvían de cara a la pared, como un castigado, cuando no podía tener la novela entre las manos. Hay un crimen, allá por las alturas de un rascacielos, un crimen brutal y seco, sin dolencias, aséptico asesinato. Hay también un policía, el doctor Mattos (doctor por abogacía), encargado de hacer las pesquisas para restablecer el orden y enjaular al criminal. Padece de úlcera y toma constantemente leche y Pepsamar. A mí me ha invitado también a tomar leche y pepsamar todos estas noches contra mi úlcera de cotidiana vulgaridad. Hay un telón de fondo: julio y agosto del año 54, y la inminencia de un golpe de estado militar en Brasil. Esa es la superficie, porque en el fondo hay también todo esto:
En primer lugar, los políticos: en ese telón de fondo golpista, las conspiraciones ocupan líneas y páginas de la novela, los militares -aire, tierra, mar ¿para cuándo uno "de fuego"?- se debaten entre seguir fieles al presidente Getulio Vargas o traicionarlo por instigador del crimen con que se inició Agosto. Sobra decir la disección que elabora Fonseca sobre el asunto histórico.
Luego están los bicheiros, o corredores de apuesta, quienes tienen un infiltrado en la policía que recibe dinero de estos tales bicheiros y lo reparte entre sus colegas, calmando a la pasma para que no cierren sus chiringuitos encubiertos y fraudulentos. Pero no son los únicos en ser sobornados: jueces, periodistas, altos funcionarios del Ministerio de Justicia... "La Comisaría especializada de Costumbres, que tenía como uno de sus principales objetivos la represión del juego prohibido, era la que más sobornos recibía".
Un lugar señalado es el Senadito. Tras la dura jornada laboral, los consules salen de su institución -el Senado- bajando los treinta y tantos escalones que separan al pueblo de estos prohombres, se paran al lado del semáforo, a la espera de que este les dé vía verde para cruzar de acera. En frente, un portero custodia la puerta. Se conocen. Los deja pasar sin preguntar nombres. Suben otros tanto escalones -quizá algo menos, pero la altura moral y social es similar- y los recibe Laura, la madama, que sirve a sus invitados, generosamente, chicas y cócteles: "Sobre el senador Freitas, es posible que frecuente el Senadito -le dice un policía al comsiario Mattos-. Cuando se cansan de hacer sus discursitos, esos senadores tan salseros acostumbran a atravesar la calle para echar un polvito relajante. Dicen que las chicas del Senadito son una maravilla." En la siguiente página, Mattos reflexiona: "Sexo y poder. Ahí está el meollo. Sólo se mata por pasta o coño, o por las dos cosas juntas."
Más. Asesinos a sueldo, rápidos y eficaces, con más altura moral y ética profesional que muchos de los policías que trabajan con Mattos, te hacen preguntar, constantemente, quiénes son los buenos y quienes los malos. Otros asesinos son más feroces, porque desconocen el sentido de la lealtad, y matan indiscriminadamente, sin disimulo, a cualquier hora del día, sin desamparo, improvisando el crimen y las víctimas, como un hecho fortuito e imprevisible: a cualquiera nos puede tocar la lotería porque son irracionales, como todas las cosas importantes del ser humano. Y aún hay otros asesinos que son más despiadados en la novela, y estos van vestidos con buenos trajes y se anudan todas las mañanas la corbata sin temblarles las manos, habitan en casas palacios torres y hoteles de lujo (no pongo la comita porque me tocan los huevos) y se mueven en lujosos coches con chóferes que los conducen a sus oficinas, allá por el piso 127 o 151 de un rascacielos. Claro, los entendidos en la novela policíaca dirán que, en este punto, la narrativa de Fonseca cumple con el género: por supuesto. Objetivismo, lumpismo, análisis social. El problema radica en que no está tan clara la línea divisoria de buenos y malos, los agentes de ética doble, ambigua, los pobres de alma de rapiña, políticos con afición a la mentira que con dos copas se desnudan, putas más sinceras que tu madre, hermanos que te sacan de un apuro matando a un asesino, padres que se dejan encarcelar para ocupar tu lugar en el trullo, periodistas que te hacen favores altruistamente, a ti y al asesino al mismo tiempo... Todos te hacen pensar que la realidad es más canalla que las propias personas, porque hoy actúo así, pero mañana le doy la vuelta al calcetín y te apunto, primero te escupo, y luego te apunto y disparo. Y estoy seguro de que, si hiciéramos cumplir la ley, la cosa no cambiaría un puto ápice. La del comisario Mattos queda definida en las dos primeras páginas de la novela: es el único policía de todo Río que no recibe dinero de los bicheiros: sus compañeros lo tienen mucho más claro. Es un loco.
Otro días les cuento más sobre Fonseca, porque hoy me va apeteciendo un golpe seco con dos cubitos de hielo.
4/02/2012
2/04/2012
El prefijo sub
El prefijo sub habría que tumbarlo de un buen guantazo en toda la jeta. Es peligroso, créanme, porque cuando menos te lo esperas, te está arrojando al vacío humano.
Con toda la podredumbre que defecamos en occidente hemos hecho constitucional la palabra submundo, que es ese lugar peligroso que está al otro lado de mi ventana. El submundo y el subdesarrollo van de la mano, si lo miramos desde el prisma de occidente, que es la ventana del capitalismo, pero que en realidad es una palabra que quiere decir derrochismo. Submundo es también la mirada de quien mira, a este lado de la ventana, con la calefacción puesta a pesar de estos veinte grados invernales y un buen bistec humeante -del que comeremos acaso sólo la mitad- en cazuela de barro comprada en el comercio justo, que justo sirve para blanquearnos la conciencia. Levi-Strauss habló del falso evolucionismo: "¿Cómo va a ser que sociedades contemporáneas, que siguen ignorantes de la electricidad y de la máquina de vapor no hiciesen recordar una fase anterior del desarrollo de una civilización? ¿Cómo no comparar las tribus indígenas, sin escritura y sin metalurgia, pero que trazan figuras en las paredes rocosas y fabrican útiles de piedra -como los tasmanios o los patagones-, con las formas arcaicas de civilización? Es aquí donde el falso evolucionismo -y el etnocentrismo- se ha soltado el pelo."
Una niña de trece años. Matrimonio de conveniencia (¿a quién conviene?). Tuvo suerte, porque le toca en ese mercadeo o trata un marido escribano que le enseña a leer y escribir en la poesía visual que es el trazo caligráfico árabe. Unos mercenarios llegan una noche, calurosa o fría, pero oscura, abusan de la hospitalidad, abusan también de la niña de trece años y luego asesinan al escribano. Esposa púber antes, ahora viuda, luego esclava. De venta en mercadillos.
Este es el comienzo de la historia camino de convertirse en una subhistoria. Hasta aquí no parece una historia singular, sino otro relato de tantos con el que martillear el occidentalismo, recurrente en tópicos, situaciones y personajes humillados por gordos fantoches, gente sin escrúpulos y gafas rayban, mafiosos de cara cortada sacados del cine, la rudeza del mundo colonizado, la marca y la ferocidad de las grandes cadenas comerciales. En fin, todo eso.
Todo eso en las primeras treinta páginas, o 250 viñetas. Luego es un poema de amor contado por una Sherezade que habita en un barco sin velas anclado en la aridez del desierto. Entonces es cuando entendemos la doblez de la cita de Levi-Strauss: el argumento de la historia de la humanidad no es un sendero recto, muy al contrario: las civilizaciones se mueven como el caballo en el ajedrez, que para avanzar tiene primero que doblegarse a un costado y no entrar nunca de frente. Y más. Porque Habibi es también un relato de otros muchos relatos, una pieza tan solo del ejército, Isaac e Ismael sacrificados por Abraham, que es Sara y la palabra sacrificio y la palabra fe y la palabra injusto y la palabra pueblo.
Con toda la podredumbre que defecamos en occidente hemos hecho constitucional la palabra submundo, que es ese lugar peligroso que está al otro lado de mi ventana. El submundo y el subdesarrollo van de la mano, si lo miramos desde el prisma de occidente, que es la ventana del capitalismo, pero que en realidad es una palabra que quiere decir derrochismo. Submundo es también la mirada de quien mira, a este lado de la ventana, con la calefacción puesta a pesar de estos veinte grados invernales y un buen bistec humeante -del que comeremos acaso sólo la mitad- en cazuela de barro comprada en el comercio justo, que justo sirve para blanquearnos la conciencia. Levi-Strauss habló del falso evolucionismo: "¿Cómo va a ser que sociedades contemporáneas, que siguen ignorantes de la electricidad y de la máquina de vapor no hiciesen recordar una fase anterior del desarrollo de una civilización? ¿Cómo no comparar las tribus indígenas, sin escritura y sin metalurgia, pero que trazan figuras en las paredes rocosas y fabrican útiles de piedra -como los tasmanios o los patagones-, con las formas arcaicas de civilización? Es aquí donde el falso evolucionismo -y el etnocentrismo- se ha soltado el pelo."
Una niña de trece años. Matrimonio de conveniencia (¿a quién conviene?). Tuvo suerte, porque le toca en ese mercadeo o trata un marido escribano que le enseña a leer y escribir en la poesía visual que es el trazo caligráfico árabe. Unos mercenarios llegan una noche, calurosa o fría, pero oscura, abusan de la hospitalidad, abusan también de la niña de trece años y luego asesinan al escribano. Esposa púber antes, ahora viuda, luego esclava. De venta en mercadillos.
Este es el comienzo de la historia camino de convertirse en una subhistoria. Hasta aquí no parece una historia singular, sino otro relato de tantos con el que martillear el occidentalismo, recurrente en tópicos, situaciones y personajes humillados por gordos fantoches, gente sin escrúpulos y gafas rayban, mafiosos de cara cortada sacados del cine, la rudeza del mundo colonizado, la marca y la ferocidad de las grandes cadenas comerciales. En fin, todo eso.
Todo eso en las primeras treinta páginas, o 250 viñetas. Luego es un poema de amor contado por una Sherezade que habita en un barco sin velas anclado en la aridez del desierto. Entonces es cuando entendemos la doblez de la cita de Levi-Strauss: el argumento de la historia de la humanidad no es un sendero recto, muy al contrario: las civilizaciones se mueven como el caballo en el ajedrez, que para avanzar tiene primero que doblegarse a un costado y no entrar nunca de frente. Y más. Porque Habibi es también un relato de otros muchos relatos, una pieza tan solo del ejército, Isaac e Ismael sacrificados por Abraham, que es Sara y la palabra sacrificio y la palabra fe y la palabra injusto y la palabra pueblo.
9/02/2011
19 días
Sólo conozco una manera de empezar septiembre y echar el cerrojo al verano que te muerde la nuca. A falta de 19 días, por la fuerza con que arrecia la lluvia y este gris descafeinado que tenemos por cielo, y por esta canción de Dylan, y por la nostalgia del verano que siento ya, y por el comienzo letárgico o la clausura silenciosa, y por el inquilino que me habita la casa, el otoño me ha hincado el diente. Descerrajando un libro.
Cuando tocas la copa de cristal, tocas la muerte,
en el tequila transparente, en el mezcal amargo, bebes la muerte,
en tu frente y mis manos, en los ojos que miran,
un desierto se agrieta con muñones de muerte.
Suena la música en cuerdas de la muerte
-de la muerte más clara, más muerte de sí misma-
y es la sal de repente su pesada ceniza
y el limón más amargo su sabor desvelado.
Mágicamente la muerte ha sido convocada, sensual cual puta serpiente, cuando tocas la copa y bebes el mezcal amargo.
Panero me sonaba tan sólo de haberlo subrayado en algún manual de literatura hace ya más de un lustro, de alguna antología novísima de hace cuatro décadas o de algún libro de texto de bachillerato de los de hoy. Poeta y tal -heredero hermano sobrino de poetas escritores, noctívagos franquistas- diletante y aristócrata. Parco conocimiento el mío sobre los poetas de una familia que, al parecer, han marcado alguna generación de no sé qué arte y no sé qué década: en aquellas horas yo debía estar haciendo fintas, bloqueos y asistencias, más o menos.
De los tres hermanos Panero, Juan Luis ha sobrevivido a la locura y a la muerte. Comenzó publicando en el año 68 (A través del tiempo) y aquellos poemas le valieron la entrada a la literatura mediante la antología que Castellet hizo de una generación de la que sobreviven tres o cuatro buenos poetas. Siete años después, en el 75, lanza Los trucos de la muerte. Un poema, cargado de imágenes funestas y que comienza con un trago de tequila, el lamido de la sal y la absorción del limón, titula la obra:
Cuando tocas la copa de cristal, tocas la muerte,
en el tequila transparente, en el mezcal amargo, bebes la muerte,
en tu frente y mis manos, en los ojos que miran,
un desierto se agrieta con muñones de muerte.
Suena la música en cuerdas de la muerte
-de la muerte más clara, más muerte de sí misma-
y es la sal de repente su pesada ceniza
y el limón más amargo su sabor desvelado.
Mágicamente la muerte ha sido convocada, sensual cual puta serpiente, cuando tocas la copa y bebes el mezcal amargo.
En esta noche, con su pañuelo azul y su boca pintada,
la muerte nos saluda alegre en la mesa.
Y nada podemos hacer, nada puede ayudarnos
porque hemos venido aquí para encontrarla,
para verla pasar y pasear por estas calles,
para oírla cantar y reír en las botellas
bajo la luna falsa de neón amarillo.
Multiplicada muerte, morena o pelirroja,
moviendo terca sus pechos, la furia de sus muslos,
este sudor de rostros al pie de su condena.
Besa, besa su sexo, tú que estás más cerca,
pudridero de alcohol, turbia mirada,
húndete, muérete, resucítate, al filo de tu lengua,
allá donde palpa y devora y resbala,
igual que el hocico insaciable del perro
hoza y desgarra la oveja desventrada,
sus grotescas patas donde silva el viento,
besa, besa, húmedo pelo, piel de tu destierro.
Panero coquetea con esa puta multicolor, se siente seducido, sabe de la ferocidad de las redes con que envuelve la muerte a sus presas, de su sexo envenenado con que inmoviliza a sus amantes que no pueden dejar de buscarla y que la encuentran en callejones vestida como derruidas viejas de sombrilla y finos labios de carmín. Panero coquetea con la única certeza que ata el hombre a la vida, con la única verdad y certeza con que el tiempo y la muerte se avienen.
Cuando tocas la copa de cristal, tocas la muerte,
la muerte con su sombrilla rosa en el oculto callejón,
la muerte con los labios perdidos de una canción sin nombre,
la muerte -parece tan sencillo- simplemente la muerte.
Pero hemos venido aquí, tal vez sin conocerlo,
para ahogar para siempre el terror de sus gestos,
hemos venido a conjurar la vida,
el miedo hipócrita a nuestro único dominio.
Hemos venido a aceptar la verdad que no existe,
la huella de una huella, la saliva de un sueño.
No duerme la ciudad, no está despierta,
y un remoto reloj mide inútiles horas,
mide el tiempo de nada, la realidad vencida,
calendario implacable de números vacíos.
Cuando tocas la copa de cristal, tocas la muerte,
y hay un cierto valor y cierta complecencia
en oír tiernamente crujir el esqueleto,
esperpento de muerte, imagen de la vida,
mientras habla el silencio con frases que ignoramos
y un trago lento alienta tu derrota,
esparciéndose espeso sobre el sexo apagado,
el perro y su carroña, las moscas de su lengua.
Feroces, las imágenes del poema ("un desierto se agrieta con muñones de muerte", "calendario implacable de números vacíos") son conducidas con un ritmo hipnótico de noche de alcohol y monólogo existencial (imágenes sucesivas, acciones, anáforas, repeticiones, invocación a un tú que es el yo lírico); parece sonar en el fondo algún corrido o una mala canción sobre el amor o la muerte. Está el bebedor alcoholizado en su noche, la puta y el animal sediento o voraz -pero también el animal y la puta sedienta y voraz-, está el tequila hundiendo en el fondo, agrietando, cavando una oscura cueva donde la muerte instala su bóveda sobre el derrotado, cabizbajo, soñoliento, sentado en un alto taburete pero acostado sobre la barra del único bar, el vaso suelto, vacío, solo.
9/01/2011
8/09/2011
El amor infortunado
Abunda en cuevas cavernas
pasadizos secretos o soñados
alcantarillas desagües obstruidos
pozos desiertos grietas
sombras o esquinas desdibujadas
laberintos sin sonido
de piel resbaladiza y porosa
de moral abyecta
y ruinas amontonadas
desperdicios del arrabal
secos relojes de pared parados
aspira y se alimenta
del calor de las fábricas abandonadas
de la materia gris del cerebro
de la llovizna de tierra estival
de la suciedad acumulada en las uñas
es el amor de las pensiones baratas
con sus muebles apolillados
el de las bombillas esqueléticas que penden en techos cancerosos
es el amor de los que mueren de hambre de cuernos de invierno
es el amor de las puertas truncadas
al que le debemos colgar el cartel de se traspasa
pasadizos secretos o soñados
alcantarillas desagües obstruidos
pozos desiertos grietas
sombras o esquinas desdibujadas
laberintos sin sonido
de piel resbaladiza y porosa
de moral abyecta
y ruinas amontonadas
desperdicios del arrabal
secos relojes de pared parados
aspira y se alimenta
del calor de las fábricas abandonadas
de la materia gris del cerebro
de la llovizna de tierra estival
de la suciedad acumulada en las uñas
es el amor de las pensiones baratas
con sus muebles apolillados
el de las bombillas esqueléticas que penden en techos cancerosos
es el amor de los que mueren de hambre de cuernos de invierno
es el amor de las puertas truncadas
al que le debemos colgar el cartel de se traspasa
7/16/2011
Merengue hasta en el sobaco
A estas alturas del pastel, amor, tengo merengue hasta en el sobaco.
A la Karenina me la he traído para que la isla le dé su poquito de brisa marina, y la saco todos los días a pasear al puerto, puertecito, donde le encanta ver faenar sobre las nasas a David el Loco, el que es hijo de Wenceslao, aquel que una vez se peleara a botellazos con Pepe el Grillo dentro del bar “El Barquillo”, y a Angelito el Calamar, de rizos hercúleos. Le viene bien esta brisa, porque a la muchacha la jeta se le acartonaba un poco entre tanto disgusto y ceño fruncido, que vaya dos mierdas de hombre que se ha buscado la niña “pija tonta esta”, mi madre dixit. A cada cual más pánfilo:
El marido:
“-Pero la vi y la perdoné. Y la felicidad que experimenté perdonando me mostró claramente mi deber. He perdonado sin reservas, con absoluta sinceridad. Quiero ofrecer la mejilla izquierda al que me abofetea la derecha, dar la camisa al que me quita el vestido. Sólo pido a Dios que no me sea quitada la dicha de perdonar.”
El amante:
“No necesito nada, nada, excepto esta felicidad –pensaba Vronsky, con los ojos en el tirador de la campanilla, e imaginando a Anna tal como la viera la última vez-. Y cuanto más tiempo pasa, más la amo. Aquí está el jardín de la casa de Vrede. ¿Dónde estará Anna? ¿Qué significa eso? ¿Por qué me habrá citado aquí, escribiendo unas líneas en la carta de Betsi?”
Luego está Kitty –cuyo nombre da ya para la primera temporada de todo un culebrón venezolano-, que jugando a dos barajas se quedó la muy subnormal con ninguna, por despabilada: si yo fuera Lievin le diría sin reparos: “Me voy a hacer una escalera con los huesos de todos tus muertos, Kitty, querida, por sapa.” Pero a Lievin tampoco hay que salvarlo de la quema general, porque desafortunadamente se nos ha enamorado de la muñequita pelucona, y por tanto, páginas hay en la novela de platónicos suspiros decadentes. ¿Cuántas veces habrá leído D’Annunzio esta novela? Aunque a Lievin, pensándolo bien, lo salva su hermano Nicolai, por suerte, que es para nosotros lo más parecido a Iribarren que hay en Karenina.
Y hasta aquí puedo leer sin desvelarte, mi comandante, el sorprendente suceso de la página 547, allá por la quinta parte: razón tienes cuando los secundarios llenan páginas, porque son un muestrario de nuestro broque, cada cual más interesante y vivo. Pero lo que son los principales, empachaíto de merengue me tienen, y aunque me llegue al sobaco, el julio que me lo está salvando, dicho sea de paso. Ea, con dios!
6/29/2011
Ciegos, muy ciegos.
"Si se hicieran alinear todos los canallas que hay en el planeta ¡qué formidable ejército se vería, y qué muestrario inesperado! Desde niñitos de blanco delantal ("la pura inocencia de la niñez") hasta correctos funcionarios municipales que, sin embargo, se llevan papel y lápices a la casa. Ministros, gobernadores, médicos y abogados en su totalidad, los ya mencionados pobres viejitos (en inmensas cantidades), las también mencionadas matronas que ahora dirigen sociedades de ayuda al leproso o al cardíaco (después de haber galopado sus buenas carreras en camas ajenas y de haber contribuido precisamente al incremento de las enfermedades del corazón), gerentes de grandes empresas, jovencitas de apariencia frágil y ojos de gacela (pero capaces de desplumar a cualquier tonto que crea en el romanticismo femenino o en la debilidad y desamparo de su sexo), inspectores municipales, funcionarios coloniales, embajadores condecorados, etcétera, etcétera. ¡Canallas, marchen! ¡ Qué ejército, mi Dios! ¡Avancen, hijos de puta! ¡Nada de pararse, ni de ponerse a lloriquear, ahora que les espera lo que les tengo preparado!"
Ernesto Sabato: Informe sobre ciegos.
Ahí os lo dejo.
Ernesto Sabato: Informe sobre ciegos.
Ahí os lo dejo.
4/27/2011
Comme d'habitude
En orden, de 'alantepatrás' en el tiempo, primero vino Claude François, este de aquí y cantando así:
Cuentan que murió electrocutado. La cosa fue que estaba en la bañera. La luz que tintinea, juega ella a luces y sombras. Se enciende. Parpadea. Se apaga, y a los diez segundos vuelve a iluminarse. El cantante mira hacia arriba y ve en el techo apagarse la única bombilla del baño, colgando de un cable pelado. Al fondo, la puerta de la habitación entreabierta (como no podría ser de otra manera en esta historia) -recibirá la visita de alguien-, suena lejano el timbre del teléfono, un largo tono monótono que no logra sacarlo del ensimismamiento lumínico.Tiene el hábito de no responder cuando lo interrumpen, cuando duerme, cuando lee y come al mismo tiempo. Así que lo deja sonar como el que escucha llover desde el salón de casa, seco y confortable, sin la urgencia de salir corriendo a descolgarlo porque alguien te vaya a contar que a Fulanito le han detectado un cáncer. Está pensando de nuevo en que la letra apenas exageraba la lentitud del tiempo, el desamparo de las esquinas solitarias, o las grisáceas tardes de domingo en que ni un mal libro te saca del hastío.
Ella supo que iba a ser la mejor canción que le compusieran jamás.
Mojado, quiso enroscar la bombilla, pero tocó el cable con su dedo más meñique. Hasta los pelos de la espalda sintieron el latigazo.
Luego vino otro con la voz siempre en el tono de los contrabajos malditos que han sonado toda la noche, cargados de humo y algún que otro gin. El traje que ni pintado, casi mejor que Cary en Con la muerte en los talones, y lo cantó así (con la adpatación de Paul Anka):
Cuentan que murió electrocutado. La cosa fue que estaba en la bañera. La luz que tintinea, juega ella a luces y sombras. Se enciende. Parpadea. Se apaga, y a los diez segundos vuelve a iluminarse. El cantante mira hacia arriba y ve en el techo apagarse la única bombilla del baño, colgando de un cable pelado. Al fondo, la puerta de la habitación entreabierta (como no podría ser de otra manera en esta historia) -recibirá la visita de alguien-, suena lejano el timbre del teléfono, un largo tono monótono que no logra sacarlo del ensimismamiento lumínico.Tiene el hábito de no responder cuando lo interrumpen, cuando duerme, cuando lee y come al mismo tiempo. Así que lo deja sonar como el que escucha llover desde el salón de casa, seco y confortable, sin la urgencia de salir corriendo a descolgarlo porque alguien te vaya a contar que a Fulanito le han detectado un cáncer. Está pensando de nuevo en que la letra apenas exageraba la lentitud del tiempo, el desamparo de las esquinas solitarias, o las grisáceas tardes de domingo en que ni un mal libro te saca del hastío.
Ella supo que iba a ser la mejor canción que le compusieran jamás.
Mojado, quiso enroscar la bombilla, pero tocó el cable con su dedo más meñique. Hasta los pelos de la espalda sintieron el latigazo.
Luego vino otro con la voz siempre en el tono de los contrabajos malditos que han sonado toda la noche, cargados de humo y algún que otro gin. El traje que ni pintado, casi mejor que Cary en Con la muerte en los talones, y lo cantó así (con la adpatación de Paul Anka):
Luego han venido tantos otros, versionantes microfonistas en mano que le iban dando un toque más acorde con la década que les había tocado sufrir, a veces pop, a veces lánguido y superficial. Teclead en el yutube y los hallaréis a patadas, multiplicados porque ya alguien los tocó como pan o peces de una charca nauseabunda.
3/15/2011
Fulanita de Tal se me pone enferma.
Me tomo dos paracetamoles y me meto en la cama, y decido, para mañana, empezar mis clases diciendo que las esdrújulas nunca llevan tilde, las llanas cuando nos venga en gana y las agudas cuando nos salga del carajo. Total, nadie va a rendirnos cuenta de lo que hagamos. En estos tiempos, la urgencia, las prisas, la desgana o la desidia son los mejores aliados del analfabetismo. En todos los estratos sociales: desde el consejero de transportes de Madrid que todavía se sube al metrobús hasta el simple administrativo de un centro de salud, pongamos por caso, de dos hermanas. Ups, perdón: Dos Hermanas. Que se me escapaban las haches, que, aunque mudas, corren y se escapan que se las pelan. Son las nueve y veinte de la mañana, aún temprano para la malaleche, y Fulanita de Tal y de Cual hace aspavientos con un justificante delante de mis narices: “Que falté el viernes, Alberto. Mi justificante.” Me paro a contemplar los muros de la patria mía, que en ese instante rezaba así:
Ha venido al este centro el dia 11 MARZO 2011
para consulta enfermeria , para perfiles glucemicos
y para que asi conste, a peticion de la interesada, firmo en
dos hermanas a 11 marzo 2011"
Respiro, no muy hondo que tampoco tiene uno los pulmones de M. Phelps, y trato de enseñarles a mis alumnos dónde deberían ir colocadas las tildes, la importancia de los signos de puntuación en el orden correcto de la oración y del párrafo, y la lógica de elegir el "doña" si es una paciente, y no un paciente, la que acude a nuestra consulta, las mayúsculas, por favor, que distingan esas dos hermanas (¿quiénes serán, cuáles sus nombres, qué nariz y ojos tendrán, qué faltas también ellas cometerán?) de la Dos Hermanas sevillana, las preposiciones relegadas al olvido, la coherencia y el sentido, en fin, de todo cuanto hacemos y escribimos. ¡Qué duro caballo de batallo! Y luego caigo en la cuenta de que todo esto tal vez importe un bledo, querida, pues cualquier mequetrefe te emite con todo su descaro un texto pletórico de incorrecciones y nuestro silencio ante el trabajo mal hecho es apabullante. Pero qué país este, rediós.
1/29/2011
Ninotchka
De granito, de aquel viejo mármol cincelado
a través de diez generaciones de orfebres,
un prodigioso muro de hormigón -en estos tiempos-
que no cede ni tan siquiera al polvo de las alas de una mariposa,
sin una amorosa grieta por la que susurrar,
piedra más dura que los azotes de un padre,
rigurosa moral, indestructible solidez
del nervio y la razón,
ciega a los duelos,
muda a la vida, inaccesible ética
que no da su brazo a torcer,
discurso monolítico, exclamativo,
muy de la primera persona del plural,
tú, que apenas has aguantado al minuto 30
para no reír,
para no mondarte,
para no partirte
por la mitad de una sola carcajada
y deshacerte en polvo.
a través de diez generaciones de orfebres,
un prodigioso muro de hormigón -en estos tiempos-
que no cede ni tan siquiera al polvo de las alas de una mariposa,
sin una amorosa grieta por la que susurrar,
piedra más dura que los azotes de un padre,
rigurosa moral, indestructible solidez
del nervio y la razón,
ciega a los duelos,
muda a la vida, inaccesible ética
que no da su brazo a torcer,
discurso monolítico, exclamativo,
muy de la primera persona del plural,
tú, que apenas has aguantado al minuto 30
para no reír,
para no mondarte,
para no partirte
por la mitad de una sola carcajada
y deshacerte en polvo.
12/13/2010
El león
Como una fría noche de lunes de invierno sin estrellas, sin luna y sin nube en una inmensa negritud de alas de buitres sedientos. Se han vengado del león y le han comido las tripas, en un funesto banquete silencioso y cabizbajo.
¿Quién te escribirá canciones de amor
cuando yo sea Señor al final
y tu cuerpo la capilla blanca de un camino
donde mis sacerdotes por ti rezarán?
¿Quién te escribirá canciones de amor?
Mis sacerdotes te pondrán flores,
se arrodillarán frente al cristal
y hasta gastarán, besando, tu ventana,
pisotearán la hierba.
¿Quién te escribirá canciones de amor?
¿Quién disparará la flecha
que los hombres sigan a través de tu gracia,
cuando yo sea Señor de tus recuerdos
y tu armadura se convierta de encaje?
¿Quién te escribirá canciones de amor?
La simple vida de los héroes,
la retorcida vida de los santos,
siempre confundiendo el calendario solar
con sus pinturas rojas y dorás,
con sus pinturas rojas y dorás.
¿Quién te escribirá canciones de amor?
11/27/2010
INSOMNIO, por Iribarren.
Ahora que las noches son más largas...
Madrugada, verano, fumando
en el balcón. Una ventana,
al otro lado de la plaza,
se ilumina. Oigo el clic
de un encendedor.
Un tipo. Me mira, desviamos
la mirada. En la calle
una conversación deshilachada
entre borrachos. En el cielo
la luna, amarilla, inmensa.
Sobre ella, la estela
de un avión... Te acercas.
Me abrazas por la espalda.
Me susurras al oído unas
palabras. Imposible decir no.
K. Iribarren.
Madrugada, verano, fumando
en el balcón. Una ventana,
al otro lado de la plaza,
se ilumina. Oigo el clic
de un encendedor.
Un tipo. Me mira, desviamos
la mirada. En la calle
una conversación deshilachada
entre borrachos. En el cielo
la luna, amarilla, inmensa.
Sobre ella, la estela
de un avión... Te acercas.
Me abrazas por la espalda.
Me susurras al oído unas
palabras. Imposible decir no.
K. Iribarren.
10/18/2010
"Mi país"
Perras las palabras, porque algunas muerden tras saltarte a la cara. Lo mismito, pero con los poemas de Iribarren, que te saltan, te muerden y ahí te pudras.
Un teléfono arrancado,
un coche celular que frena, me mira
y vuelve a acelerar,
restos de una barricada ardiendo,
los semáforos como muertos puestos de pie,
este frío
que casi impide
respirar:
ésa es
la inhóspita geografía
que he atravesado esta noche
para llegar hasta ti.
Tu piel,
mi país, donde el sol
se quedó a vivir.
Un teléfono arrancado,
un coche celular que frena, me mira
y vuelve a acelerar,
restos de una barricada ardiendo,
los semáforos como muertos puestos de pie,
este frío
que casi impide
respirar:
ésa es
la inhóspita geografía
que he atravesado esta noche
para llegar hasta ti.
Tu piel,
mi país, donde el sol
se quedó a vivir.
5/30/2010
El origen del mundo o la historia de un poema.
Cuando estuve en París, por segunda vez -la primera, en cambio, volvía de Edimburgo, fracasado y sin trabajo. Me suspendí 48 horas en la ciudad y leí Rayuela, o leía París y paseaba por Cortázar, descubriendo una ciudad y un escritor-, compré, en aquella segunda ocasión, una postal juguetona. Pornográfica en levedad. Y se la mandé a Víctor, o tal vez se la diera en mano. La compré en el Barrio Latino. En su reverso debí de escribirle algunas palabras que guardaban recuerdos de las horas compartidas que pasamos estudiando las oposiciones en salas que se vaciaban o llenaban, según los meses, pero que nosotros aguantábamos invariablemente, viendo caer los últimos días primaverales y los tórridos del verano. Si de las palabras que escribí entonces no me acuerdo, difícilmente podría olvidar la imagen de mi postal: imaginen un muchacho francés, visto de frente, con su bigote negro, ancho, surcando ondulante sobre el labio superior. Un momento, esto no es. Visto más de directamente, el gabacho sigue estando ahí, pero lo que era su bigote no es tal, sino más bien vello púbico, vamos, pelo de coño, y piernas entreabiertas: resultaba una foto tomada desde el vientre de la víctima moribunda de placer.
Poco después, quizá al año siguiente, sería Víctor quien me mandara una postal, o me la diera en mano, probablemente esto segundo, pues nunca ha sido el mentado trovador estepeño de enviar epístolas a la romántica. Su postal era más conocida que la mía: reproducía el cuadro de Courbet El origen del mundo, que se puede ver en la antigua estación de trenes de Orsay, convertida en museo de pintura y escultura impresionistas, y algún que otro período pictórico más.
Eso, sin embargo, lo supe mucho después, lo de que el cuadro estaba en el museo D'Orsay. Exacatamente hace dos años. De nuevo en París -cuando estuve por vez segunda-, y eran otros ojos los que iban conmigo, rasgados, egipcios, esbeltos, bellos. Buscamos el cuadro por entre el laberindo de pintores, esculturas, paredes y callejones sin salida que forman ese museo. Preguntamos, no está, anda de gira en exposición itinerante. Así que mis ojos egipcios, rasgados y esbeltos y yo nos fuimos de la antigua estación de trenes para subir a Montmartre.
Y hace algunos días, este poema de Carlos Marzal.
Para Víctor y Calíope.
Y hace algunos días, este poema de Carlos Marzal.
Para Víctor y Calíope.
No se trata tan sólo de una herida
que supura deseo y que sosiega
a aquellos que la lamen reverentes,
o a los estremecidos que la tocan
sin estremecimiento religioso,
como una prospección de su costumbre,
como una cotidiana tarea conyugal:
o a los que se derrumban, consumidos,
en su concavidad incandescente,
después de haber saciado el hambre de la bestia,
que exige su ración de carne cruda.
No consiste tan sólo en ese triángulo
de pincelada negra entre los muslos,
contra un fondo de tibia blancura que se ofrece.
No es tan fácil tratar de reducirlo
al único argumento que se esconde
detrás de los trabajos amorosos
y de las efusiones de la literatura.
El cuerpo no supone un artefacto
de simple ingeniería corporal;
también es la tarea del espíritu
que se despliega sabio sobre el tiempo.
El arca que contiene, memoriosa,
la alquimia milenaria de la especie.
Así que los esclavos del deseo,
aunque no lo sospechen, cuando lamen
la herida más antigua, cuando palpan
la rosa cicatriz de brillo acuático,
o cuando se disuelven dentro de la hendidura,
vuelven a pronunciar un sortilegio,
un conjuro ancestral.
Nos dirigimos
sonámbulos con rumbo hacia la noche,
viajamos otra vez a la semilla,
para observar radiantes cómo crece
la flor de carne abierta.
La pretérita flor.
Húmeda flor atávica.
El origen del mundo.
5/10/2010
Cojones duros
Como hace mucho tiempo que no escribo, he pensado que quizá sea poque no tengo los cojones duros. Parece condición indispensable. Aunque si soy sincero, llevo una temporadita como para que se me pongan de mármol, del mármol duro con que se esculpió el daviddemiguelángel y resistir cinco siglos las miradas boquiabiertas de chinitos y europeos con cara de memos. De hecho, podría hablarte de mi familia lumpen, y entonces mis cojones se endurecerían más que la propia kriptonita. Los cojones duros a lo Carver o Roger Wolfe (según Pablo), los cojones duros a lo Norman Mailer. Los cojones duros para escribir desde dentro de la oscuridad cuando afuera todo el mundo ve luz y sol. Incluso los cojones duros para que te tiente el escribir y resistir, cuando lo que te sale es pura sensiblería barata, menopáusica sensiblería. Y todo esto por leer a Marzal, que hoy me ha abierto una razón para seguir resistiendo tentaciones.
El extraño artilugio de un poema
es una imperturbable realidad
que soporta flemática, sin daño,
cualquier definición.
Es una joya
que resplandece en sus palabras justas,
las ágatas pulidas de una lengua.
Un silogismo para concebir
el hecho inconcebible de estar vivo.
Un camarada fiel que cobijamos
y en la noche del alma nos cobija,
Una semicorchea en el concierto
que interpretan los astros infinitos.
Y es una forma rara de aventura
que nos conduce hasta un país insólito:
esa estepa glacial de la emoción.
Para viajar allí, donde el poema,
un escritor requiere algunos víveres:
cierto devoto amor por los difuntos,
cierto olfato verbal, cierto talento,
cierta ebanistería del oficio,
cierto dios sabe qué de inexplicable.
Y en especial tener cojones duros,
para no sentir miedo de perderse,
para el delirio de apostar con fe,
para adentrase solo en tierra extraña,
para el forzoso puerto del fracaso.
Una fuerza moral.
Consiste en eso:
una fuerza moral contra el destino.
4/14/2010
A eso que llaman azar
A eso que llaman azar habría que darle otro nombre más ajustado a su perfil, sin paliativos,de ramera o perra (o)diosa cuando te persigue en la duermevela de una noche lenta y sarnosa, o cuando al final -Mishima escribiría "con el sonido de los barcos que atracan con la luz del ocaso primaveral"- crees ciegamente en el olvido como prostituto remedio. A ese azar enquistado y cancerígeno habría que llamarlo algo así como boxeador derrotado, pugilista sin futuro, retirado gris funcionario de gobierno soviético. Porque es para hartarse y escupirle a la cara. Cuando en una esquina cualquiera entre dos calles sin nombre, te la tropiezas de frente y los ojos te estallan en las cuencas si reconoces el pasado. Cuando lees el poema momentos después de que el barco haya encallado y entonces comprendes que ya no sirve, que ahora es tarde, que entonces literatura y cine como vagos sustitutos y quizá nada más. Y sucede, vaya si sucede que en cualquier esquina, café o sala de cine por poner sitios comunes, o si me pongo más en plan cultureta, vaya si sucede con algunas palabras que deben ser como pequeños artefactos cargados de uranio enriquecido. No te aseguro que encerrándote en tu cueva te vayas a librar: cuídate del poema, porque el azar está también a veces al doblar de un verso.
Llamar amor a lo que tú y yo hacemos
es cometer una sensiblería
indigna de nosotros, que aún somos amantes.
Eso es mejor que lo hagan los demás,
aquéllos que precisan aguar un vino fuerte.
Lo nuestro es un fenómeno distinto,
sin ningún circunloquio, sin grumos literarios.
Se manifiesta en el arrastramiento
recíproco. Consiste en una prospección
para obtener placer y para darlo,
un hurto generoso que se ofrece egoísta.
Es un duro trabajo en las calderas
de nuestra intimidad, un primitivo
cerco en torno al castillo de la vida.
La carne se alimenta de la carne,
de su mutuo veneno jubiloso.
Lo que hacemos tú y yo no es el amor.
A no ser que se entienda por ello un sacrificio
donde nos ofrecemos a los dioses suicidas
que habitan en el pozo de nuestra propia sangre.
Para nombrarlo habría que incurrir
en palabras que algunos consideran obscenas,
aunque la obscenidad tampoco lo define,
porque no pretendemos aleccionar a nadie
ni sobre el impudor, ni sobre la virtud.
Lo que mejor explica, sin agotarla nunca,
la bárbara pureza del deseo recíproco
es una cacería de animales
y el hartazgo feliz en que se sacian,
con los ojos cerrados contra el tiempo,
en el avaro éxtasis de su feroz banquete.
Para la bestia octópoda que engendramos tú y yo,
son una estupidez los términos pacíficos,
un triste deshonor en la batalla.
No hacemos el amor, desvalijamos
con codicia nocturna en la casa del cuerpo.
es cometer una sensiblería
indigna de nosotros, que aún somos amantes.
Eso es mejor que lo hagan los demás,
aquéllos que precisan aguar un vino fuerte.
Lo nuestro es un fenómeno distinto,
sin ningún circunloquio, sin grumos literarios.
Se manifiesta en el arrastramiento
recíproco. Consiste en una prospección
para obtener placer y para darlo,
un hurto generoso que se ofrece egoísta.
Es un duro trabajo en las calderas
de nuestra intimidad, un primitivo
cerco en torno al castillo de la vida.
La carne se alimenta de la carne,
de su mutuo veneno jubiloso.
Lo que hacemos tú y yo no es el amor.
A no ser que se entienda por ello un sacrificio
donde nos ofrecemos a los dioses suicidas
que habitan en el pozo de nuestra propia sangre.
Para nombrarlo habría que incurrir
en palabras que algunos consideran obscenas,
aunque la obscenidad tampoco lo define,
porque no pretendemos aleccionar a nadie
ni sobre el impudor, ni sobre la virtud.
Lo que mejor explica, sin agotarla nunca,
la bárbara pureza del deseo recíproco
es una cacería de animales
y el hartazgo feliz en que se sacian,
con los ojos cerrados contra el tiempo,
en el avaro éxtasis de su feroz banquete.
Para la bestia octópoda que engendramos tú y yo,
son una estupidez los términos pacíficos,
un triste deshonor en la batalla.
No hacemos el amor, desvalijamos
con codicia nocturna en la casa del cuerpo.
Carlos Marzal: "Los alimentos corporales".
3/15/2010
Al día de hoy, un lunes lento -tras el fin de semana más extraño que recuerdo- y apagado, me lo salva la literatura, como si fueran tres palabras que te acarician tras una tormenta de silencios: ahí van dos de esas tres palabras:
Una, de Adam Zagajevski, y reza así:
"Hace meses que no escribo
ni un sólo poema.
Vivía humildemente leyendo los periódicos,
pensando en el enigma del poder
y en las causas de la obediencia.
Contemplaba puestas de sol
(escarlatas, muy inquietantes),
sentía cómo callaban los pájaros
y cómo la noche iba enmudeciendo.
Veía girasoles que agachaban
la cabeza al ocaso, como si un desatento
verdugo paseara por los jardines.
En el alféizar se iba acumulando
el polvo dulce de semptiembre
mientras las lagartijas se escondían
en los salientes de los muros.
Salía a dar largos paseos,
y deseaba tan sólo una cosa:
relámpagos,
cambios,
a ti."
Otra, de Alberto Méndez (Los girasoles ciegos):
"Elena se levantó, cerró la ventana, apagó la luz, a tientas se acercó a Ricardo, que seguía inmóvil en el suelo tiritanto. Tomó sus manos, suavemente le forzó a que se levantara y, sin soltarle, le llevó hasta el dormitorio con una dulzura que empezó con besos y caricias en la cara humedecida por las lágrimas y terminó desnudándole con la misma delicadeza con la que vestía al niño. Tuvo que reconstruir el camino de las caricias de antaño y jadear quedamente para atraer las pasiones enterradas en los rincones del miedo. Ayudó a que Ricardo emprendiera la búsqueda de sus secretos y terminó arrodillándose para llamar con los labios el vigor que se escondía bajo todas las tristezas. Cuando obtuvo la respuesta, en el suelo, para eludir los chirridos de la cama, se enzarzaron en un cúmulo de posesiones que tuvo lugar sin un jadeo, sin un grito, sin un te quiero para seguir guardando el secreto de la vida."
A la tercera palabra le queda todavía, tal vez, el acento o la cadencia de la noche. Para otro día.
Una, de Adam Zagajevski, y reza así:
"Hace meses que no escribo
ni un sólo poema.
Vivía humildemente leyendo los periódicos,
pensando en el enigma del poder
y en las causas de la obediencia.
Contemplaba puestas de sol
(escarlatas, muy inquietantes),
sentía cómo callaban los pájaros
y cómo la noche iba enmudeciendo.
Veía girasoles que agachaban
la cabeza al ocaso, como si un desatento
verdugo paseara por los jardines.
En el alféizar se iba acumulando
el polvo dulce de semptiembre
mientras las lagartijas se escondían
en los salientes de los muros.
Salía a dar largos paseos,
y deseaba tan sólo una cosa:
relámpagos,
cambios,
a ti."
Otra, de Alberto Méndez (Los girasoles ciegos):
"Elena se levantó, cerró la ventana, apagó la luz, a tientas se acercó a Ricardo, que seguía inmóvil en el suelo tiritanto. Tomó sus manos, suavemente le forzó a que se levantara y, sin soltarle, le llevó hasta el dormitorio con una dulzura que empezó con besos y caricias en la cara humedecida por las lágrimas y terminó desnudándole con la misma delicadeza con la que vestía al niño. Tuvo que reconstruir el camino de las caricias de antaño y jadear quedamente para atraer las pasiones enterradas en los rincones del miedo. Ayudó a que Ricardo emprendiera la búsqueda de sus secretos y terminó arrodillándose para llamar con los labios el vigor que se escondía bajo todas las tristezas. Cuando obtuvo la respuesta, en el suelo, para eludir los chirridos de la cama, se enzarzaron en un cúmulo de posesiones que tuvo lugar sin un jadeo, sin un grito, sin un te quiero para seguir guardando el secreto de la vida."
A la tercera palabra le queda todavía, tal vez, el acento o la cadencia de la noche. Para otro día.
2/15/2010
MAUS
MAUS. Maus. mauschwitz. Algunos lo llaman campo de concentración. Otros, entre los que se cuenta el escritor italiano Primo Levi, lo nombran -no sin pavor- más propiamente campo de exterminio, pues eso fue, un campo donde los cuerpos y las mentes eran despojados de toda condición de humanidad para convertirse en deshechos putrefactos de un olor insoportable: miles, cientos de miles de judíos, hasta sumar algunos millones en toda Europa, fueron gaseados, fusilados, tiroteados, golpeados hasta perecer, enterrados vivos junto a cadáveres. De aquel escritor italiano existe una novela -que es una confesión, que es a su vez un acto de justicia y de descarga- que son en realidad tres, esto es, una triología con el significativo título de Si esto es un hombre, y que leí hace ya años, tal vez cuando estaba en la carrera, o perdido en alguna otra tierra peregrina. Por cierto, libro que ahora tengo prestado a no sé quién, y que espero que le esté resultando nauseabundo, pues al fin y al cabo de eso se trata, de execrar toda aquella realidad que terminó convertida en pesadilla. Lo leí todo de un tirón, engullendo horribles imágenes que se fundían con las miles de fotos habidas de judíos famélicos, podridos barracones y cadáveres amontonados tras un montículo de tierra inerte, lo leí de golpe y de la mano de la voz de un superviviente que relataba su propia aventura -perdón, desventura quise decir- en medio de tanta muerte. Fascinado y boquiabierto ante el espectáculo infernal -dantesco, dirían los pedantes-, visité alguna exposición en Sevilla, algunos museos en Budapest, recorrí películas... y todo no era más que la repetición en imágenes de las palabras del escritor. Poco después, alguien me habló de otra novela, historia llevada a la televisión, que se titulaba Holocausto, y la estuve buscando un tiempo, mientras los libreros me daban nones o me argumentaban que la edición se había agotado y no se pensaba en una nueva edición. Pero un mes de julio, o agosto tal vez, peregrinando Santiago en busca de un bar donde almorzar, entré en una librería de viejos, que me mandó a otra, y esta otra me llevó a su almacén y me enseñó dos ejemplares de aquel libro: en inglés (original) y en español. Así que me senté en una mesa, leía páginas, comía, hablaba con unos y otros, volvía al libro, ahora café, las horas cayendo en la tarde con sus granos de arena, más palabras oídas o leídas, confundidas con las del libro, y la historia rondando en mi cabeza. De ese libro, esa tarde fue lo mejor que saqué: un buen atardecer entre amigos, en Santiago, palabras y conversaciones que subían y bajaban como un tiovivo. El libro no era lo que me esperaba.
Y ahora, vaya uno a saber cuánto tiempo hace de eso, me cae en las manos este otro, Maus lleva por título. Y sorprendentemente no es otro libro, es un cómic, un tebeo hablando de cosas serias (si es que se pueden hablar "cosas", tal cual). Metido en un vórtice de viñetas que cuentan la historia de un padre, también la de su hijo, emigrantes: superviviente del holocausto aquel; dibujante y autor del cómic este. Ya no es sólo palabras, y primera persona, y relato re-vivido del holocausto, o la masacre, o el exterminio (que todas estas palabras y muchas más se refieren a lo mismo, ¿y por qué tantas palabras para una, esa, realidad?), o sentir que el contador también lo vio con la retina de su ojo, con su pellejo finísimo y sus huesos asomando en cada curva del cuerpo, es que también los dibujos, también la historia de cada personaje dibujado, también la historia del hijo que se ve obligado a conocer de su padre, es que también. Y aún más: la fauna humana es animal, salvajemente animal, porque los judíos tienen todos caras de ratones, los nazis caras de gatos, los polacos caras de cerdos, los usa's caras de perros, y así continúa el animalario dibujado por Art Spiegelman, hijo de de un judío que logró salir con vida de Auschwitz.
Más sobre Maus.
Y algo sobre Primo Levi.
Más sobre Maus.
Y algo sobre Primo Levi.
1/28/2010
Rebelión en la granja, por María Almendro
H.G.Orwell ha realizado una historia sobre una granja donde hay muchas variedades de animales (cochinos, caballos, vacas y otras muchas), que forman una rebelión para librarse de la esclavitud y sobre todo de los seres humanos.
En esta novela hay una moraleja, donde se explica que los humanos y los animales no tienen tanta diferencia, tal cómo se explica al principio de la novela. Esta moraleja trata sobre la felicidad de todos los seres vivos. Al principio de la historia hay un líder y unos oprimidos: el líder es feliz mientras los oprimidos o trabajadores están muy tristes. Los trabajadores están ya cansados de aguantar al líder, y hacen una rebelión donde consiguen echar al líder y quedarse ellos con la granja. Al final de la novela se dan cuenta de que son todos iguales y no tienen tanta diferencia.
En la novela también se explica que los animales terminan siendo igual que los humanos, que hay una clase alta y otra clase baja. Los cerdos son la clase alta. Las gallinas, caballos, vacas, etc. son la clase baja. Los cerdos son bastantes mandones, incumplen mucho las reglas y después de todo mandan al cerdo de menos valor a cambiar las normas para no tener problemas. Mientras la clase baja de animales es más responsable y trabajadora.
Conclusión: esta novela es entretenida, y puedes aprender muchos modales sobre cómo tratar a la gente.
MARIA ALMENDRO, 3º ESO, A.
En esta novela hay una moraleja, donde se explica que los humanos y los animales no tienen tanta diferencia, tal cómo se explica al principio de la novela. Esta moraleja trata sobre la felicidad de todos los seres vivos. Al principio de la historia hay un líder y unos oprimidos: el líder es feliz mientras los oprimidos o trabajadores están muy tristes. Los trabajadores están ya cansados de aguantar al líder, y hacen una rebelión donde consiguen echar al líder y quedarse ellos con la granja. Al final de la novela se dan cuenta de que son todos iguales y no tienen tanta diferencia.
En la novela también se explica que los animales terminan siendo igual que los humanos, que hay una clase alta y otra clase baja. Los cerdos son la clase alta. Las gallinas, caballos, vacas, etc. son la clase baja. Los cerdos son bastantes mandones, incumplen mucho las reglas y después de todo mandan al cerdo de menos valor a cambiar las normas para no tener problemas. Mientras la clase baja de animales es más responsable y trabajadora.
Conclusión: esta novela es entretenida, y puedes aprender muchos modales sobre cómo tratar a la gente.
MARIA ALMENDRO, 3º ESO, A.
Tres sombreros de copa, por Ana López
Dionisio es un hombre humilde que se va a casar con Margarita, una chavala tímida, fea pero rica. Repentinamente, Dionisio conoce a Paula en el hotel que se hospeda. Don Rosario era el dueño de ese hotel, no muy limpio y no le gustaba quitar los objetos que se le olvidaban a las personas que se alojaban en su hotel.
Paula trabajaba en un circo y también era humilde como Dionisio, aunque a él no le importaba en lo que Paula trabajara. Ella era muy simpática, divertida y no tenía suerte con las parejas.
Mientra yo leía esta obra de teatro, me daba cuenta de que la obra me hacía reír, pues no había muerte ni la muerte rondaba a los personajes.
Ana López, 3º ESO, A.
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