1/29/2011

Ninotchka

De granito, de aquel viejo mármol cincelado
a través de diez generaciones de orfebres,
un prodigioso muro de hormigón -en estos tiempos-
que no cede ni tan siquiera al polvo de las alas de una mariposa,
sin una amorosa grieta por la que susurrar,
piedra más dura que los azotes de un padre,
rigurosa moral, indestructible solidez
del nervio y la razón,
ciega a los duelos,
muda a la vida, inaccesible ética
que no da su brazo a torcer,
discurso monolítico, exclamativo,
muy de la primera persona del plural,
tú, que apenas has aguantado al minuto 30
para no reír,
             para no mondarte,
                           para no partirte
por la mitad de una sola carcajada
y deshacerte en polvo.

12/13/2010

El león

Como una fría noche de lunes de invierno sin estrellas, sin luna  y sin nube en una inmensa negritud de alas de buitres sedientos. Se han vengado del león y le han comido las tripas, en un funesto banquete silencioso y cabizbajo.




¿Quién te escribirá canciones de amor

cuando yo sea Señor al final
y tu cuerpo la capilla blanca de un camino
donde mis sacerdotes por ti rezarán?
¿Quién te escribirá canciones de amor?

Mis sacerdotes te pondrán flores,
se arrodillarán frente al cristal
y hasta gastarán, besando, tu ventana,
pisotearán la hierba.
¿Quién te escribirá canciones de amor?

¿Quién disparará la flecha
que los hombres sigan a través de tu gracia,
cuando yo sea Señor de tus recuerdos
y tu armadura se convierta de encaje?
¿Quién te escribirá canciones de amor?

La simple vida de los héroes,
la retorcida vida de los santos,
siempre confundiendo el calendario solar
con sus pinturas rojas y dorás,
con sus pinturas rojas y dorás.

¿Quién te escribirá canciones de amor?

11/27/2010

INSOMNIO, por Iribarren.

Ahora que las noches son más largas...

Madrugada, verano, fumando
en el balcón. Una ventana,
al otro lado de la plaza,
se ilumina. Oigo el clic
de un encendedor.
Un tipo. Me mira, desviamos
la mirada. En la calle
una conversación deshilachada
entre borrachos. En el cielo
la luna, amarilla, inmensa.
Sobre ella, la estela
de un avión... Te acercas.
Me abrazas por la espalda.
Me susurras al oído unas
palabras. Imposible decir no.
                          K. Iribarren.

10/18/2010

"Mi país"

Perras las palabras, porque algunas muerden tras saltarte a la cara. Lo mismito, pero con los poemas de Iribarren, que te saltan, te muerden y ahí te pudras.

Un teléfono arrancado,
un coche celular que frena, me mira
y vuelve a acelerar,
restos de una barricada ardiendo,
los semáforos como muertos puestos de pie,
este frío
que casi impide
respirar:
          ésa es
la inhóspita geografía
que he atravesado esta noche
para llegar hasta ti.
                             Tu piel,
mi país, donde el sol
se quedó a vivir.

5/30/2010

El origen del mundo o la historia de un poema.


Cuando estuve en París, por segunda vez -la primera, en cambio, volvía de Edimburgo, fracasado y sin trabajo. Me suspendí 48 horas en la ciudad y leí Rayuela, o leía París y paseaba por Cortázar, descubriendo una ciudad y un escritor-, compré, en aquella segunda ocasión, una postal juguetona. Pornográfica en levedad. Y se la mandé a Víctor, o tal vez se la diera en mano. La compré en el Barrio Latino. En  su reverso debí de escribirle algunas palabras que guardaban recuerdos de las horas compartidas que pasamos estudiando las oposiciones en salas que se vaciaban o llenaban, según los meses, pero que nosotros aguantábamos invariablemente, viendo caer los últimos días primaverales y los tórridos del verano.  Si de las palabras que escribí entonces no me acuerdo, difícilmente podría olvidar la imagen de mi postal: imaginen un muchacho francés, visto de frente, con su bigote negro, ancho, surcando ondulante sobre el labio superior. Un momento, esto no es. Visto más de directamente, el gabacho sigue estando ahí, pero lo que era su bigote no es tal, sino más bien vello púbico, vamos, pelo de coño, y piernas entreabiertas: resultaba una foto tomada desde el vientre de la víctima moribunda de placer.

Poco después, quizá al año siguiente, sería Víctor quien me mandara una postal, o me la diera en mano, probablemente esto segundo, pues nunca ha sido el mentado trovador estepeño de enviar epístolas a la romántica. Su postal era  más conocida que la mía: reproducía el cuadro de Courbet El origen del mundo, que se puede ver en la antigua estación de trenes de Orsay, convertida en museo de pintura y escultura impresionistas, y algún que otro período pictórico más.
Eso, sin embargo, lo supe mucho después, lo de que el cuadro estaba en el museo D'Orsay. Exacatamente hace dos años. De nuevo en París -cuando estuve por vez segunda-, y eran otros ojos los que iban conmigo, rasgados, egipcios, esbeltos, bellos. Buscamos el cuadro por entre el laberindo de pintores, esculturas, paredes y callejones sin salida que forman ese museo. Preguntamos, no está, anda de gira en exposición itinerante. Así que mis ojos egipcios, rasgados y esbeltos y yo nos fuimos de la antigua estación de trenes para subir a Montmartre.
Y hace algunos días, este poema de Carlos Marzal.
Para Víctor y Calíope.

No se trata tan sólo de una herida
que supura deseo y que sosiega
a aquellos que la lamen reverentes,
o a los estremecidos que la tocan
sin estremecimiento religioso,
como una prospección de su costumbre,
como una cotidiana tarea conyugal:
o a los que se derrumban, consumidos, 
en su concavidad incandescente,
después de haber saciado el hambre de la bestia,
que exige su ración de carne cruda.

No consiste tan sólo en ese triángulo
de pincelada negra entre los muslos,
contra un fondo de tibia blancura que se ofrece.
No es tan fácil tratar de reducirlo
al único argumento que se esconde
detrás de los trabajos amorosos
y de las efusiones de la literatura.

El cuerpo no supone un artefacto
de simple ingeniería corporal;
también es la tarea del espíritu
que se despliega sabio sobre el tiempo.
El arca que contiene, memoriosa,
la alquimia milenaria de la especie.

Así que los esclavos del deseo,
aunque no lo sospechen, cuando lamen
la herida más antigua, cuando palpan
la rosa cicatriz de brillo acuático,
o cuando se disuelven dentro de la hendidura,
vuelven a pronunciar un sortilegio,
un conjuro ancestral.
                                             Nos dirigimos
sonámbulos con rumbo hacia la noche,
viajamos otra vez a la semilla,
para observar radiantes cómo crece
la flor de carne abierta.

La pretérita flor.

Húmeda flor atávica.
El origen del mundo.

5/10/2010

Cojones duros

Como hace mucho tiempo que no escribo, he pensado que quizá sea poque no tengo los cojones duros. Parece condición indispensable. Aunque si soy sincero, llevo una temporadita como para que se me pongan de mármol, del mármol duro con que se esculpió el daviddemiguelángel y resistir cinco siglos las miradas boquiabiertas de chinitos y europeos con cara de memos. De hecho, podría hablarte de mi familia lumpen, y entonces mis cojones se endurecerían más que la propia kriptonita. Los cojones duros a lo Carver o Roger Wolfe (según Pablo), los cojones duros a lo Norman Mailer. Los cojones duros para escribir desde dentro de la oscuridad cuando afuera todo el mundo ve luz y sol. Incluso los cojones duros para que te tiente el escribir y resistir, cuando lo que te sale es pura sensiblería barata, menopáusica sensiblería. Y todo esto por leer a Marzal, que hoy me ha abierto una razón para seguir resistiendo tentaciones.

El extraño artilugio de un poema
es una imperturbable realidad
que soporta flemática, sin daño,
cualquier definición.


                                  Es una joya
que resplandece en sus palabras justas,
las ágatas pulidas de una lengua.
Un silogismo para concebir
el hecho inconcebible de estar vivo.
Un camarada fiel que cobijamos
y en la noche del alma nos cobija, 
Una semicorchea en el concierto
que interpretan los astros infinitos.


          Y es una forma rara de aventura
que nos conduce hasta un país insólito:
esa estepa glacial de la emoción.


Para viajar allí, donde el poema,
un escritor requiere algunos víveres:
cierto devoto amor por los difuntos,
cierto olfato verbal, cierto talento,
cierta ebanistería del oficio,
cierto dios sabe qué de inexplicable.


            Y en especial tener cojones duros,
para no sentir miedo de perderse,
para el delirio de apostar con fe,
para adentrase solo en tierra extraña,
para el forzoso puerto del fracaso.


Una fuerza moral.
                          Consiste en eso:
una fuerza moral contra el destino.

4/14/2010

A eso que llaman azar

A eso que llaman azar habría que darle otro nombre más ajustado a su perfil, sin paliativos,de ramera o perra (o)diosa cuando te persigue en la duermevela de una noche lenta y sarnosa, o cuando al final -Mishima escribiría "con el sonido de los barcos que atracan con la luz del ocaso primaveral"- crees ciegamente en el olvido como prostituto remedio. A ese azar enquistado y cancerígeno habría que llamarlo algo así como boxeador derrotado, pugilista sin futuro, retirado gris funcionario de gobierno soviético. Porque es para hartarse y escupirle a la cara. Cuando en una esquina cualquiera entre dos calles sin nombre, te la tropiezas de frente y los ojos te estallan en las cuencas si reconoces el pasado. Cuando lees el poema momentos después de que el barco haya encallado y entonces comprendes que ya no sirve, que ahora es tarde, que entonces literatura y cine como vagos sustitutos y quizá nada más. Y sucede, vaya si sucede que en cualquier esquina, café o sala de cine por poner sitios comunes, o si me pongo más en plan cultureta,  vaya si sucede con algunas palabras que deben ser como pequeños artefactos cargados de uranio enriquecido. No te aseguro que encerrándote en tu cueva te vayas a librar: cuídate del poema, porque el azar está también a veces al doblar de un verso.

Llamar amor a lo que tú y yo hacemos
es cometer una sensiblería
indigna de nosotros, que aún somos amantes.
Eso es mejor que lo hagan los demás,
aquéllos que precisan aguar un vino fuerte.
Lo nuestro es un fenómeno distinto,
sin ningún circunloquio, sin grumos literarios.
Se manifiesta en el arrastramiento
recíproco. Consiste en una prospección
para obtener placer y para darlo,
un hurto generoso que se ofrece egoísta.
Es un duro trabajo en las calderas
de nuestra intimidad, un primitivo
cerco en torno al castillo de la vida.
La carne se alimenta de la carne,
de su mutuo veneno jubiloso.
Lo que hacemos tú y yo no es el amor.
A no ser que se entienda por ello un sacrificio
donde nos ofrecemos a los dioses suicidas
que habitan en el pozo de nuestra propia sangre.
Para nombrarlo habría que incurrir
en palabras que algunos consideran obscenas,
aunque la obscenidad tampoco lo define,
porque no pretendemos aleccionar a nadie
ni sobre el impudor, ni sobre la virtud.
Lo que mejor explica, sin agotarla nunca,
la bárbara pureza del deseo recíproco
es una cacería de animales
y el hartazgo feliz en que se sacian,
con los ojos cerrados contra el tiempo,
en el avaro éxtasis de su feroz banquete.
Para la bestia octópoda que engendramos tú y yo,
son una estupidez los términos pacíficos,
un triste deshonor en la batalla.
No hacemos el amor, desvalijamos
con codicia nocturna en la casa del cuerpo.

Carlos Marzal: "Los alimentos corporales".